septiembre 2, 2026
OpiniónSebastián Vera

El peón

Quiero ver mi ciudad, que levante la cabeza (…)

para juntos practicar, nuevas formas de encarar

esta densa realidad.

Densa Realidad – Virus

Opté por dejar de hacer periodismo para extirparme la depresión y la congoja que causa el ejercer el oficio en Ecuador. Y lo digo como periodista independiente por más de 6 años, sin prestaciones laborales reales, sin sueldo fijo, sin paga por escrito en la mayoría de casos, como mendigo editorial y como zombie comunicacional.

Sin embargo, después de tres meses de silencio, de aplicar -según mis cálculos- a más de 400-500 ofertas de empleos en 8 meses (seguramente el número sea ínfimo en comparación al de otras personas), de acumular rechazo tras rechazo, y luego de observar en mi último empleo temporal la obscena cantidad de seguridad que puede tener un único vampiro, he decidido nuevamente, a pesar de la sombra que esto acarrea, el peligro, el ostracismo y la muerte, volver a escribir: a hacer periodismo en esta densa realidad. 

La decisión fue tomada por la madrugada después de una jornada particularmente agotadora como peón para una empresa de publicidad, entre lágrimas provocadas e inspiradas por el personaje de Paul Marquet interpretado por Bastien Bouillon en la película “En el trabajo” o también conocida como “Por la mañana escribo” de la cineasta Valérie Donzelli. Al borde de la pobreza, entre trabajos mal pagados, con el hambre a cuestas, y con una única certeza en la escritura, luego de un día extenuante física y emocionalmente, Paul escribe lo siguiente: 

El oficio de escritor es mantener vivo un fuego que pide ser apagado. Ser leído no significa ser amado. Ser amado no significa tener éxito. Tener éxito no garantiza ninguna fortuna. Y aun así, los escritores son inasequibles al desaliento. Muchos de ellos, como hago yo ahora, gastan sus últimas fuerzas en la aventura.”

Y así lo haré. 

Que así sea.

Después de llegar de un turno de 9 horas de trabajo -que pudieron ser más de no tener “horario de oficinista” como me dijeron-, al encender mi computadora, di con una publicación en la que una colega -de la que no daré nombre por respeto y, como menciona en su pequeño pero conciso escrito, por “salud mental”- renunciaba a seguir ejerciendo la profesión en el Ecuador optando por la buena fortuna de otras latitudes. 

No la puedo juzgar. ¿Quién no quisiera escapar de este remedo de democracia, de este circo vergonzoso, hacia otros horizontes donde no mascar la incertidumbre ni vomitar la vida? En lo que va de este asqueroso gobierno, van cerca de una decena de periodistas y comunicadores quienes han visto coartadas sus formas de expresión debido a que la sensiblería gubernamental -que realmente es censura pura y dura- no puede aguantar las críticas y hallazgos a su putrefacta administración. Entre los trofeos de Daniel Noboa y compañía se encuentran: Alondra Santiago, Roberto Aguilar, Hernán Higuera, Gisella Bayona, Fabricio Vela, María Sol Borja, José Cañizares, Bonil y las compras de La Posta y Radio La Calle.

Los lacayos, quienes se olvidaron que el periodismo no es propaganda, ni marketing electoral, son varios, y al alza. Por solo dar unos pocos nombres: Mercedes Cuesta, Janet Hinostroza, Carlos Vera, Xavier Benedetti, La Data, Radio Centro, Radio Sucre, TC Televisión, Vicente Arroba Dito, Jimmy Jairala, Álvaro Rosero, Alfonso Harb y demás trolls que, por ahora, gozan del favor de un autócrata que creció aprendiendo que todo se puede comprar, que no hay precio para buitres ni espacios donde su influencia negativa no pueda llegar.

Y por cada lacayo, hay quienes, en respeto y consecuencia al oficio, son amenazados, exiliados o muertos (siendo el último en la lista de colegas caídos, René Cobos). Y por cada uno de ellos, en defensa de la libertad de prensa contra la tiranía, la injusticia y la violencia, aún vale la pena seguir, escribir, reportar: hacer buen periodismo.

Cada día como peón, mientras trataba de ir lo más limpio posible a mi casa, la misma pregunta se pegaba a mi piel como los cortes, el polvo, los restos de espumaflex, las astillas, las esquirlas de metal, los adhesivos y las chispas de los metales que manipulaba para crear la fantasía marketera de una empresa de geolocalización y otra de construcción: ¿qué es la dignidad en un país convertido en un basural moral y ético? ¿El cojudo es uno por seguir pensando y creyendo en un cambio real? ¿Habrá que tener más malicia, como alguna vez me mal aconsejo un familiar al contarle que la honestidad es lo único que nos separa de convertirnos en demonios terrenales?   

Al igual que las grandes estructuras que ayudé a crear, el país al que me he entregado, al que amo, amenaza con aplastarme con el peso de mi compromiso hacia él.

Durante tres días entre montaje y desmontaje, fletes que te permitían descansar lo necesario y comidas pesadas para resistir las jornadas, no dejaba de hacerme una y otra vez las mismas preguntas bajo el asfixiante sol de verano producto de la barbarie ecológica a la que nos han sometido quienes prefieren reinar sobre ruinas y, por las noches, ante el gran espejo blanco de la luna, que en una oportunidad se tiñó de sangre rememorando a todos los niños y niñas, pacientes renales, víctimas de sicariatos o asaltos, mujeres, jóvenes desempleados y ancianos sin jubilación que alimentan a los vampiros que fortalecen su ADN con la muerte de inocentes.

“¿No sabías que ella vive aquí?”, me dijo un antiguo teatrero convertido en marketero cuando, en mi asombro, pregunté por una tanqueta que pasaba junto a una guarnición de militares, policías y agentes de tránsito. Como en Castlevania, aquel vampiro estaba resguardado de monstruos que, fielmente, custodiaban el piso superior de la torre desde donde, a su antojo, crea una versión alternativa de país; una en la que no se vea mal defender a ladrones y mentirosos, en la que las alianzas con genocidas y tiranos sean aceptables y donde el caos y la destrucción reinan supremos.

Pero toda torre, por más alta que sea, puede caer; y a todo vampiro le llega la hora de extinguirse.

No importará el amaño de las elecciones de noviembre, tampoco su control corrupto a instituciones como la fiscalía o la asamblea, sus alianzas ilícitas o la putrefacción moral de la que se enorgullecen: caerán, serán derrotados y finalmente, juzgados por todo el mal del que ahora se ufanan.

Observando lo alto de la torre, comiendo un chaulafán para terminar otra jornada más de trabajo, sonreí: el peón es la causa más frecuente de la derrota y el más importante instrumento de la victoria: el alma del ajedrez, de la vida.

¿Cuál será nuestro próximo movimiento?

Por Sebastián Vera

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