septiembre 1, 2026
Andrea PalmaOpinión

El tribunal digital de la perfección

De la invasión de los necios ya nos había hablado el escritor italiano Umberto Eco hace varios años, cuando lúcidamente describió el impacto que tenían algunos comentarios dañinos en redes sociales, mientras que, en otras épocas, esas mismas palabras se habrían diluido en la simple conversación de un bar. Hoy, sin embargo, estas “legiones de idiotas” son más lesivas que nunca. En una misma semana condenan la delgadez extrema de la cantante Ariana Grande mientras castigan el peso de una mujer con curvas como Giorgina Rodríguez. Peor aún, monetizan por eso.

La exigencia estética de los cuerpos públicos es un problema de antaño, pero jamás tan contradictorio, cómodo y codicioso como ahora. No solo deja vidas expuestas, sino que revela a una sociedad profundamente insatisfecha y dispuesta a lucrar en redes sociales a través de una falsa preocupación. Esta invasión de necios digitales ha fortalecido la paradoja de la perfección inalcanzable, convirtieron a los cuerpos ajenos en un espejo donde se reflejan sus propias frustraciones. Las interacciones no son más una simple conversación, sino la fiscalización de la apariencia.

En este tribunal digital de la perfección, el mensaje implícito para los grupos más jóvenes y vulnerables es que, independientemente de la calidad de sus estilos de vida, el cuerpo es un lienzo donde las personas podrán descargar todo tipo de crítica o rechazo. No importa el veredicto, no sabemos si las personas tienen problemas de salud, si se preparan para el rol de una película, si les gusta realmente cómo se ven, importa solo el juicio.

En el caso puntual de Ariana Grande, quien ha sido objeto de análisis por su aspecto durante toda su carrera, habrá que reconocer que sus espectadores no han estado satisfechos con su peso nunca y la cantante no ha tenido reparos en señalar, a través de sus canciones, que las críticas han sido parte responsable de sus múltiples transformaciones. Con más razón, opinar de su salud, disfrazando el morbo con preocupación, es el diagnóstico hipócrita que nadie ha pedido.

Al mismo tiempo, a todo el internet le sobran caracteres para preguntarse qué le está pasando a la influencer Giorgina Rodríguez porque la madre de cinco hijos se ve “gorda”, a pesar de que evidentemente tiene un peso saludable. Pero estas sentencias contradictorias no son un defecto del sistema, es la esencia misma de su funcionamiento.

Lo preocupante de todo, es la facilidad con la que las plataformas convierten cualquier forma de atención en valor económico, aunque de esto ya nos había hablado el sociólogo Zygmunt Bauman en teorías sobre la evaluación de los individuos como mercancía y de la insatisfacción como motor de consumo. A diferencia de otros tiempos, no son solo los grandes medios de comunicación los que, desde una relación vertical, nos dictan el valor de los cuerpos. Ahora tenemos a cientos de usuarios, influencers, cuentas de memes, páginas de entretenimiento y algoritmos vigilándonos desde un ángulo horizontal y permanente, aunque esta “preocupación” solo tenga una lógica económica.  

La vigilancia de los cuerpos refleja que seguimos en un sistema violento, con personas rotas intentando sobrevivir a la homogeneidad, pero al mismo tiempo proyectándose en la “falta” del otro para no enfrentar la propia vulnerabilidad del ser humano, ante lo cual, lo único que podríamos hacer es proponer una perspectiva de consumo consciente de contenidos digitales, sin caer en la tentación de opinar en contextos diseñados especialmente para provocar fricciones emocionales, entendiendo que, aún con buenas intenciones, “preocupación” es igual a interacción y esta a su vez equivale a monetización.

Por Andrea Belén Palma

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