Licenciada Lavinia Valbonesi: El privilegio sí se gradúa
La imagen de Lavinia Valbonesi recibiendo su título universitario junto al presidente Daniel Noboa fue presentada en redes sociales como una historia de superación personal. “Siempre vale la pena creer en uno mismo”, escribió la joven tras graduarse, en tiempo récord, en Comunicación en la Universidad Hemisferios.
La escena, si en su trasfondo no estuviera tan plagada de irregularidades como una tesis con claras deficiencias académicas y una ‘carrera’ que se completó en menos de 9 meses, es aparentemente inofensiva, pero esconde algo mucho más profundo: en Ecuador, estudiar y graduarse no significa lo mismo para todos.
La universidad funciona en dos velocidades distintas. Una para quienes tienen recursos, poder, conexiones y tiempo. Otra para quienes sobreviven entre trabajos precarios, falta de cupos y abandono académico a causa del encarecimiento de la vida en Ecuador por decisiones tomadas por el gobierno del esposo de la flamante graduada Valbonesi.
Diversas investigaciones académicas ecuatorianas coinciden en que el principal obstáculo para acceder y mantenerse en la educación superior es económico.
Un estudio publicado por la revista científica CONECTIVIDAD sostiene que “el problema más importante” en el acceso universitario, además de la falta de cupos, es “la limitación económica de los estudiantes y sus familias”.
Otra investigación reciente de Prisma sobre estudiantes universitarios en Esmeraldas concluye que los jóvenes provenientes de hogares pobres tienen más dificultades para ingresar, permanecer y rendir académicamente dentro de la universidad.
La desigualdad no termina cuando alguien logra entrar. Ahí empieza otra batalla: mantenerse.
Según datos citados por Ecuavisa, la deserción universitaria en Ecuador supera el 20 %, lo que equivale a unos 150.000 jóvenes abandonando sus estudios cada año. Entre las causas aparecen factores económicos, movilidad, necesidad de trabajar y problemas familiares.
Un estudio sobre deserción universitaria describe el fenómeno como un problema que profundiza “la desigualdad y la exclusión social”.
En otras palabras: para miles de ecuatorianos, entrar a la universidad no garantiza graduarse. El dinero sigue definiendo quién llega al título y quién se queda en el camino.
El país de los cupos insuficientes
Datos difundidos sobre el sistema de educación superior revelaron que la universidad pública apenas alcanzaba a cubrir poco más de la mitad de la demanda nacional. Más de 205.000 personas postulaban, mientras los cupos rondaban los 125.000.
La consecuencia es estructural:
- jóvenes enviados a ciudades lejanas,
- carreras no deseadas,
- abandono por costos de transporte y vivienda,
- y estudiantes obligados a trabajar antes de terminar sus estudios.
Incluso existieron denuncias públicas sobre presuntas irregularidades en la asignación de cupos universitarios. Organizaciones estudiantiles pidieron investigaciones fiscales por posibles redes que alteraban el acceso al sistema.
Mientras tanto, el sistema privado sí ofrece una ventaja evidente: flexibilidad económica, mejores redes de contactos, modalidades adaptables y menos presión material para sobrevivir mientras se estudia.
La graduación de las élites no ocurre en igualdad de condiciones
El problema de fondo no es que Lavinia Valbonesi estudie o se gradúe. El problema es la construcción simbólica alrededor de ese logro.
Porque en Ecuador el acceso al título universitario está profundamente atravesado por la clase social.
Para un joven pobre, estudiar suele implicar:
- trabajar jornadas completas,
- viajar horas en transporte público,
- sostener económicamente a su familia,
- abandonar materias,
- vivir con ansiedad financiera,
- o desertar.
Para las élites económicas y políticas, la universidad funciona muchas veces como un complemento de legitimación social. El título llega acompañado de estabilidad económica, exposición mediática y redes de poder que reducen enormemente las barreras que enfrentan las mayorías.
Ahí aparece un concepto incómodo: corrupción simbólica. No hace falta probar un delito para entender el problema político y ético.
La corrupción simbólica ocurre cuando el poder presenta como “mérito individual” logros obtenidos desde condiciones privilegiadas, invisibilizando las desigualdades estructurales que impiden que millones recorran el mismo camino.
El mensaje implícito termina siendo perverso: “si ella pudo, cualquiera puede”, pero no cualquiera puede en Ecuador.
No en un país donde la pobreza sigue condicionando el acceso universitario, donde miles abandonan por falta de dinero o donde estudiar depende muchas veces de no tener que trabajar para comer.
La imagen de graduación también encaja en otra tendencia contemporánea: la estetización del privilegio.
Las redes sociales convierten títulos, ceremonias y logros académicos en contenido aspiracional. Pero rara vez muestran:
- al estudiante que dejó la carrera por no poder pagar arriendo,
- a quien perdió el semestre por trabajar,
- o al joven que nunca consiguió cupo.
La élite comunica el éxito; la mayoría administra la frustración. Por eso el debate alrededor de esta graduación trasciende a una persona específica. Lo que está en discusión es un modelo de país donde el esfuerzo no pesa igual para todos.
Porque en Ecuador el privilegio no solo abre puertas. También acelera tiempos, reduce obstáculos y convierte derechos difíciles en experiencias aparentemente normales.
Y mientras unos celebran el título con fotógrafos y ceremonias privadas, otros siguen preguntándose si podrán regresar el próximo semestre a clases.
Contraste – La Contra

