René Cobos: el asesinato de un fixer de la BBC tras colaborar con un reportaje sobre el crimen organizado en Ecuador y sus nexos con el poder
El crimen de René Manuel Cobos Merchán, colaborador de medios nacionales e internacionales, abre una pregunta que la Fiscalía no puede dejar de investigar: ¿su trabajo periodístico tuvo alguna relación con su asesinato? En Ecuador, esa pregunta llega después de una cadena de amenazas, asesinatos y hostigamientos contra comunicadores, periodistas y ciudadanos que investigan asuntos de interés público.
La madrugada del domingo 23 de agosto de2026, el sector Tres Postes, en Yaguachi, Guayas, volvió a convertirse en escenario de una violencia que no solamente cobró vidas: también dejó una nueva señal de alarma para quienes trabajan alrededor del periodismo de investigación.
René Manuel Cobos Merchán, de 49 años, fue asesinado alrededor de las 00:30. Era conocido como “Militar” y trabajaba como fixer: un colaborador local que acompaña a corresponsales y equipos periodísticos, facilita contactos, coordina logística, identifica fuentes y ayuda a los medios extranjeros a desenvolverse en territorios complejos.
Su trabajo estaba particularmente relacionado con coberturas sobre crimen organizado y seguridad en Ecuador. Entre sus colaboraciones estuvo un trabajo para BBC News sobre la situación de seguridad y el crimen organizado en el país.
Pero Cobos no fue la única víctima aquella madrugada. Según los reportes conocidos, un grupo de aproximadamente seis hombres armados y encapuchados llegó al sector en dos camionetas. Vestían prendas similares a las utilizadas por fuerzas de seguridad. Primero atacaron a un vecino, José Manuel Vélez Vera, de 29 años, quien también murió.
En la escena quedaron 30 vainas percutidas: 20 de calibre 9 milímetros y 10 de calibre 5.56.
El dato más inquietante es otro: de acuerdo con información policial recogida por Fundamedios, Cobos había recibido amenazas antes de ser asesinado.
La pregunta que todavía no tiene respuesta
Hasta ahora no existe una prueba pública que permita afirmar que René Cobos fue asesinado por su trabajo periodístico.
La investigación todavía debe determinar quién ordenó el ataque, quiénes fueron los autores materiales, cuál fue el móvil y si las amenazas que Cobos había recibido estaban relacionadas con su trabajo como fixer.
Pero precisamente por eso Fundamedios pidió a la Fiscalía que no descarte la hipótesis de que su actividad periodística pudiera estar relacionada con el crimen.
Un fixer puede estar mucho más cerca de las fuentes y de los territorios donde operan estructuras criminales que un corresponsal extranjero. Puede conocer identidades, rutas, contactos, lugares y personas que aparecen en investigaciones periodísticas.
En otras palabras: puede convertirse en una pieza indispensable para contar una historia que alguien no quiere que sea contada.
Y si esa línea de investigación llegara a confirmarse, el asesinato de Cobos no sería solamente un crimen contra una persona. Sería también un ataque contra quienes hacen posible que determinadas historias puedan ser conocidas.
Robinson del Pezo: una historia que ya terminó en asesinato
El caso de René Cobos tiene un antecedente particularmente doloroso: el asesinato de Robinson del Pezo, ocurrido el 20 de noviembre de 2025 en La Libertad, Santa Elena.
Del Pezo tenía 50 años y dirigía la página digital La Voz del Pueblo vuelve por ti mi provincia. Desde allí publicaba denuncias sobre contratación pública, obras inconclusas, presuntos conflictos de interés, publicidad oficial, terrenos y actuaciones de autoridades de Santa Elena.
Fundamedios, Ecuador Chequea y Plan V reconstruyeron su historia en el informe “Un crimen contra la palabra”.
La investigación documentó que Del Pezo había enfrentado amenazas, presiones económicas y violencia física. Incluso había sido procesado por presunta extorsión y permaneció alrededor de 18 días privado de libertad antes de recuperar medidas sustitutivas y regresar a sus publicaciones.
El 20 de noviembre de 2025 fue asesinado a tiros dentro de su negocio.
La muerte de Del Pezo no puede ser entendida únicamente como un homicidio más dentro de las estadísticas de violencia de Ecuador. Su asesinato ocurrió después de años de denuncias públicas y en una provincia donde la violencia criminal había crecido al mismo tiempo que aumentaban las disputas alrededor de contratación pública, tierras y poder político.
Y aquí aparece otro elemento inquietante.
Mónika Silva trabajaba muy cerca de Del Pezo.
Mónika Silva: primero las amenazas, después la muerte
Mónika Silva era activista y veedora ciudadana en Santa Elena. Durante años denunció presuntos actos de corrupción, irregularidades administrativas, conflictos por tierras y actuaciones de autoridades.
Después del asesinato de Robinson del Pezo, Silva continuó denunciando públicamente y, según Fundamedios, había reportado reiteradamente amenazas de muerte.
El 8 de junio de 2026 fue encontrada muerta en su domicilio, en Manglaralto.
Inicialmente circularon versiones que apuntaban a un suicidio. Pero posteriormente organizaciones que representan a su familia informaron que la autopsia médico-legal estableció como causa de muerte una asfixia mecánica por constricción del cuello mediante mecanismos combinados y solicitaron una investigación exhaustiva para determinar responsabilidades.
Silva había colaborado, además, en la documentación y seguimiento del asesinato de Robinson del Pezo.
Dos personas que habían dedicado parte de su actividad a denunciar irregularidades y corrupción terminaron muertas en circunstancias que todavía exigen respuestas.
Eso no demuestra, por sí solo, que exista una conexión criminal entre ambos casos.
Pero sí demuestra algo: las amenazas contra quienes fiscalizan al poder no pueden ser tratadas como simples conflictos personales o como ruido de redes sociales.
El hostigamiento no siempre llega con balas
El peligro para el periodismo ecuatoriano tampoco se limita a los asesinatos.
Durante el primer semestre de 2026, Fundamedios registró 100 agresiones contra la libertad de expresión, una cada 1,8 días.
Los periodistas fueron las principales víctimas, con 58 agresiones. El Estado apareció como el principal agresor identificado, con 46 casos. Además, 35 agresiones ocurrieron en el espacio digital. Entre las modalidades más frecuentes estuvieron las amenazas, los ataques digitales y los discursos estigmatizantes.
Eso permite entender un fenómeno más amplio: la violencia contra la prensa tiene diferentes niveles.
Puede comenzar con una descalificación.
Continuar con una campaña digital.
Convertirse en una amenaza.
Pasar a una presión económica o administrativa.
Y, en los casos más extremos, terminar en violencia física.
No significa que todos esos hechos tengan un mismo autor ni que exista una única estructura detrás de ellos. Significa que el ecosistema en el que trabajan periodistas y comunicadores se ha vuelto progresivamente más hostil.
Hernán Higuera y el caso Progen: cuando la presión llega al entorno familiar
Uno de los episodios más significativos de 2026 ocurrió alrededor del caso Progen.
El periodista de Ecuavisa Hernán Higuera investigaba las presuntas irregularidades en contratos de generación eléctrica suscritos durante la crisis energética de 2024.
En junio anunció que dejaría esa investigación después de denunciar que su esposa y su hijo, quienes trabajaban en el sector público, habían sido separados de sus puestos tras la publicación de sus reportajes.
Fundamedios calificó el caso como un episodio de uso abusivo del poder estatal y censura. La Sociedad Interamericana de Prensa también denunció las presuntas represalias contra el periodista y relacionó el episodio con sus investigaciones sobre Progen.
Aquí no hubo una camioneta con hombres armados.
Hubo algo diferente: la presión sobre el entorno familiar del periodista.
Y el resultado fue igualmente preocupante: un periodista decidió apartarse de una investigación.
Cuando un periodista abandona una investigación porque considera que continuar pone en riesgo a su familia, el efecto no recae únicamente sobre él.
También afecta al derecho de los ciudadanos a conocer información sobre asuntos de interés público.
Gonzalo Piña y Carmen Luisa Samaniego: el poder político contra la prensa
En junio de 2026, el periodista lojano Gonzalo Piña denunció amenazas después de publicar y compartir una investigación sobre el proceso de insolvencia que enfrentaba el asambleísta de ADN Jorge Guevara.
Piña recibió una llamada de una persona no identificada que lo amenazó con agredirlo físicamente si continuaba publicando información sobre el legislador. Posteriormente recibió mensajes del propio Guevara cuestionando la publicación.
Piña aclaró que no podía atribuir directamente la amenaza telefónica al asambleísta. Fundamedios registró el caso como amenazas, hostigamiento y agresión verbal.
Semanas antes, el mismo legislador había protagonizado otro episodio con la periodista Carmen Luisa Samaniego dentro de la Asamblea Nacional.
Según el relato de la periodista, cuando intentaba entrevistarlo, Guevara reaccionó intentando bajarle o quitarle el teléfono con el que estaba grabando.
Después del incidente comenzaron ataques digitales contra Samaniego y otros periodistas que difundieron las imágenes. También circularon contenidos destinados a cuestionar y desacreditar la actuación de la periodista.
El mensaje detrás del miedo
El problema de fondo es que el periodismo no solamente necesita protección cuando recibe una amenaza de muerte.
Necesita garantías cuando investiga al poder.
Cuando pregunta.
Cuando contradice una versión oficial.
Cuando publica documentos.
Cuando revela posibles irregularidades.
Cuando investiga al crimen organizado.
Y cuando incomoda tanto a estructuras criminales como a funcionarios, empresarios, políticos o personas con capacidad de ejercer presión.
El informe de Fundamedios sobre el primer semestre de 2026 concluye precisamente que las agresiones contra la libertad de expresión ya no responden a un único patrón: amenazas y ataques físicos conviven con campañas de desprestigio, procesos judiciales, restricciones administrativas, estigmatización y ataques digitales.
El caso Cobos obliga a mirar el conjunto
Por eso el asesinato de René Cobos merece una investigación que vaya más allá de identificar a los sicarios.
La Fiscalía debe determinar quién ordenó el ataque. Debe investigar las amenazas que Cobos había recibido. Debe reconstruir sus últimos trabajos. Debe identificar con quiénes tuvo contacto.
Debe establecer si alguno de esos trabajos pudo generar un conflicto con organizaciones criminales, funcionarios, empresarios o cualquier otro actor.
Y debe determinar si su actividad como fixer tuvo alguna relación con el asesinato.
No porque ya exista una conclusión.
Sino porque esa hipótesis no puede ser descartada antes de ser investigada.
Ecuador ya conoce las consecuencias de llegar tarde a estas preguntas.
Robinson del Pezo fue asesinado después de meses de denuncias y amenazas.
Mónika Silva murió después de haber denunciado amenazas y tras haber acompañado las denuncias relacionadas con el asesinato de Del Pezo.
Hernán Higuera dejó una investigación sobre posibles irregularidades en contratos públicos después de denunciar presiones que afectaron a su familia.
Gonzalo Piña denunció amenazas después de publicar información sustentada en documentos públicos.
Carmen Luisa Samaniego fue agredida mientras intentaba hacer una pregunta a un legislador y posteriormente enfrentó una escalada de ataques digitales.
Y ahora René Cobos aparece muerto después de trabajar precisamente en uno de los terrenos más peligrosos del periodismo contemporáneo: el crimen organizado.

