mayo 22, 2024
Dani MoraOpiniónPortada

Cuando el instinto maternal no despierta

El otro día, curioseando en las redes sociales, me encontré con el festejo de cumpleaños de un chico que me gustaba mucho. Recordé que tenía casi todas las cualidades que me gustan en una potencial pareja. Además, nuestros valores y sistemas de creencias eran bastante parecidos. La relación tenía mucho potencial de no ser por su deseo de convertirse en padre.

En otro momento de mi vida habría seguido adelante con la relación, ignorando mis sentimientos, pensando en que quizá él o yo cambiaríamos de opinión con el tiempo, minimizando el deseo y la decisión de traer niños y niñas al mundo y tomando opciones diferentes respecto a mi vida sexual y reproductiva.

Tengo la edad suficiente para haber escuchado todas las respuestas posibles frente a mi decisión de no ser madre, a pesar de varias relaciones estables. Desde: “aún eres joven” hasta “si no eres madre, jamás experimentarás el amor verdadero”. También está la afirmación: “los hijos solo llegan”, dando a entender hay gente que supone que hay algo malo en mí porque a mi alrededor hay mujeres trayendo vida al mundo todos los días, mientras yo me niego a “tener un hogar de verdad” o peor, les estaba “negando” a mis parejas su derecho de ser padres. Sí, en serio.

También he tenido que soportar a quienes señalan que, por estar a favor del derecho de cada mujer a decidir, odio a los niños, pero no es así. No odio a los niños, solamente no quiero ser mamá.

Frente a esto, cualquiera creería que la piel se llega a curtir y que los comentarios o miradas con lástima que rodean estas conversaciones, ya no afectan, que quienes lo vivimos tenemos una lista de respuestas prefabricadas para enfrentar los cuestionamientos, pero no es así. Las historias que rodean las decisiones sobre la no maternidad, son tan diversas como mujeres detrás y son mucho más complejas de lo que podríamos llegar a comprender con una simple interpelación de por qué no o por qué aún no.

Siempre recuerdo el caso de Jennifer Aniston, la famosísima actriz de Hollywood quien durante muchos años fue pintada como el símbolo de las mujeres que embestidas de egoísmo habían decidido no sacrificar sus cuerpos y carreras por la maternidad, pero la verdad era que luchaba en silencio contra la frustración de no poder serlo.

Luego pienso en mí y en todas las veces que a lo largo de mis relaciones surgió la misma conversación: ¿Por qué no tenemos hijos?

Entiendo la maternidad más que como un simple deseo o instinto que se despierta de pronto. En mi opinión, los hijos no deberían solo suceder. Creo en la necesidad de crear las mejores condiciones para darles la bienvenida, lo que incluye, además de condiciones económicas favorables, condiciones emocionales y redes de apoyo que sostengan un proceso tan complejo y maravilloso que apenas empieza dando a luz y que, en países como el nuestro, tenerlo es un absoluto privilegio.

Pienso en cada vez que estuve cerca de cambiar de opinión y las circunstancias que habrían rodeado a esos niños, la edad que tendrían y lo que les habría tocado ver o vivir y no habría sido justo para ellos o para mí. Es bastante frecuente el cuestionamiento de escoger mejor a los padres cuando una mujer habla sobre hombres que abandonan, maltratan, desaparecen de las vidas de sus hijos. Hay un estigma sobre las mujeres que se ven obligadas a hacerlo solas. Hay un señalamiento hacia quienes decidimos no serlo. Las mujeres siempre llevamos las de perder.

En mi caso, por ejemplo, me acerco a los 40, lo que, según teorías sacadas de la basura, me vuelve casi obsoleta, de bajo valor porque se acerca el límite para generar decendencia, constriñendo mi valor como ser humano a mi capacidad reproductiva. Un útero con piernas y, entiendo que, en muchos casos, amuchas mujeres eso les genera culpa, tristeza e incluso las hace cuestionar su capacidad de amar.

Recuerdo un festejo de Día de la madre en una oficina hacer unos años. Todas las madres estaban invitadas a un homenaje al medio día a cargo de los hombres en la oficina. A la hora prevista me quedé sola. En todo el edificio era la única que se encontraba en el escritorio pues era la única que no era mamá. Pasados 15 minutos salió a alguien de recursos humanos quién viendo el desolado paisaje a mí alrededor, me invitó a pasar al salón donde se llevaba a cabo el festejo porque yo era una “madre en potencia”. Háblame de inclusión forzada.

También tengo presente cada vez que mis amigas más cercanas se han ido convirtiendo en madres, los festejos, los babyshowers, mi alegría legítima cuando ellas lo han compartido conmigo y también tengo presente la pregunta recurrente: «¿y tú?».

Yo estoy feliz por ti, suelo contestar. Yo, la que ha decidido no ser madre, al menos hasta hoy, vivo en medio de un mundo que no ha terminado de entender que no me hace falta serlo para sentirme completa y valiosa. Soy la que es capaz de sentir el amor intenso; que es capaz de cuidar y proteger a un pequeño ser, aunque no haya salido de mí; a la que le gusta conversar con los niños y es capaz de tratarlos con respeto y preocuparse por ellos, aunque no los haya parido; la que seguirá asistiendo a babyshowers, bautizos y graduaciones porque quiero formar parte de la vida de quienes me importan sin sentir que estoy en pausa o que soy algo en potencia.

Hay vida más allá de la maternidad, hay formas de vivir el amor y la plenitud, hay espacios, personas, caminos que recorrer y aunque la socialización respecto a la maternidad es fuerte y puede hacernos tambalear, no hay nada de malo con quienes elegimos este camino.

 

Por Dani Mora – @danimsantacruz

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