mayo 25, 2024
Bernardo GortaireOpinión

La era de la sofofobia: miedo irracional a aprender

Cada vez son más abundantes los comentarios en contra del conocimiento, de los saberes. Apuntar al mundo de las ideas, de los libros, de la reflexión sin un fin más allá de la reflexión es visto con desdén por individuos que se anclan en la capitalización. ¿Tu idea no produce retorno? Entonces no vale la pena. Incluso el pensar, algo que nos hace humanos, y nos distingue del resto del reino animal, muchas veces es visto como vagancia.

Durante milenios, al menos hasta donde nos cuenta el registro escrito, aquellos que acumulaban conocimiento eran vistos con respeto, incluso con temor. Normalmente, al llegar la noche, nuestra especie se acostumbró a acercarse a alguna fuente de calor y escuchar a quienes tenían algo que contar. El relato hablado fue núcleo y motor del salto de la familia a la tribu, de la tribu a la aldea, y paulatinamente a la civilización. El respaldo para este último escalón fue la escritura.

Quienes supieron leer y escribir fueron los padres de nuestra modernidad. Acumularon conocimiento y permitieron que se difunda más allá de los genios que fueron descubriendo cómo funcionaba nuestro mundo. Prácticamente todas las ramas de lo que posteriormente adquirió el nombre de ciencia solo pudieron comenzar un desarrollo real después de la creación de la escritura. Sin saberlo, los escribas nos sacaron de la sombra de la ignorancia y nos dieron el privilegio del saber.

El siguiente reto estaba en que, durante siglos, la sabiduría estaba asociada con el poder. Salvo ciertos sectores, como las comunidades religiosas, la gran mayoría de quienes tenían acceso al conocimiento sistematizado eran los que ocupaban los roles de liderazgo, mientras las grandes mayorías tenían que confiar en aquellos que tenían el poder. Es más, los sistemas teocráticos difícilmente habrían podido extenderse sin la existencia de una sagrada escritura que estaba reservada para su comprensión e interpretación propia.

La forma en la que se logró desafiar este reto fue la educación. Un proceso gradual, casi tan desigual como antes, reservado para los varones de las urbes, y en muchos casos, con una prohibición absolutista para las mujeres. En cualquier caso, la creación de los sistemas educativos organizados desde un aparato estatal permitió que la sabiduría golpee cada vez más puertas, y que nuevas mentes se integren a su producción. La única forma de salir de los esquemas donde los individuos estaban condenados a vivir en las mismas condiciones que sus padres, sin recurrir a la violencia física, estuvo entonces en la educación.

El abandono del modelo feudal, la llegada de la industria, y la consolidación de lo que entendemos como modernidad solo pudo darse gracias a que filósofos lograron convencer a las élites de que el mundo podía seguir desarrollándose. Paulatinamente las ideas construidas por aquellos que dedicaron su vida a la lectura y la reflexión se convirtieron en modos de vida, formas de ver a un mundo imaginario. El ser humano inventó sus propios derechos y sus propias libertades. En un ambiente hostil, donde solo importaba la supervivencia, el hommo sapiens construyó la idea de que la vida tiene que ser digna, y que cada individuo tenía derecho a alcanzar esa dignidad.

Con altos y bajos, la educación ha ido llegando cada vez a más personas. La resistencia de algunos grupos ha sido incluso violenta. Los regímenes autoritarios saben bien que pensar es un riesgo, porque conlleva a la crítica, y trae consigo la puja a la legitimidad. Los intelectuales o académicos, que han reemplazado a los filósofos, tienden a ser los primero en ser perseguidos y eliminados. Los libros son quemados, las aulas son cerradas, y los planes de estudio son reescritos. Incluso artefactos como los lentes han sido vistos en algunos puntos de la historia como una amenaza para el poder de turno y una sentencia de muerte para sus portadores.

No obstante, con la llegada de internet muchos se convencieron de que las dictaduras perderían la capacidad de controlar a su gente. A través de una red libre, llena de conocimiento y sabiduría, los individuos podrían romper con las cadenas de la ignorancia, y abrir sus mentes hacia un futuro de prosperidad y autonomía. Con lo que no contábamos es que el conocimiento también puede utilizarse de forma perversa, y que el internet podía servir como canal de difusión de información falsa que sería aprovechado por actores político-económicos incluso con mayor intensidad que aquellos que solo buscaban la difusión del conocimiento.

Esta batalla entre el poder y el saber ha llegado a un punto crítico. Quienes han aprendido las mejores formas de comunicarse con la parte más instintiva de nuestros cerebros, aquellos que juegan con las hormonas para que nuestros cerebros disfruten de una satisfacción inmediata y se vuelvan adictos a sus contenidos, están dándole una nueva forma a la humanidad. Sus legionarios adoptan sus ideas casi sin cuestionamiento y renuncian a una de las armas más fuertes contra cualquier opresión: el pensamiento crítico.

Durante mucho tiempo se ha dicho que a los políticos les interesa que su población se mantenga en la ignorancia. Lo que a veces no se dice es que no solo son los políticos los que pueden hacer uso de esta estrategia. El poder adquiere muchas facetas, algunos no requieren visibilidad pública ni legitimidad democrática para ostentarlo. Y es así como una sociedad a la que le repulsa la sabiduría -de ahí la idea de sofofobia (miedo irracional a aprender)- se transforma en el caldo de cultivo ideal para la manipulación y el control. La competencia entonces ya no está en educar, sino en adoctrinar.

En Fahrenheit 451, la novela distópica de Ray Bradbury, el reto era quemar libros. Ahora basta con conseguir que la gente no los lea. En muchas regiones del mundo, especialmente en Occidente, ha quedado atrás el reclamo por la educación. Son cada vez menos las historias de personas que han tenido que desafiar al sistema para poder aprender, por tener un libro en sus manos y comprenderlo, y por poder plantear sus propias ideas sobre cómo debería ser el mundo. Frente a esto, son cada vez más los relatos de aquellos que, sin mayor reflexión, y únicamente desde la búsqueda del retorno económico, son los nuevos filocoalemos, amantes de la ignorancia y el entretenimiento superficial.

Es comprensible. En nuestra era donde la salud mental está cada vez más afectada, obtener algo de dopamina es un lujo. Sin embargo, no es aceptable. En un mundo donde los talibanes le retiran el derecho a la lectura a sus niñas y mujeres, o donde los niños son obligados a ser soldados o sicarios, decir “no me interesa leer” es un escupitajo en el rostro de la historia y el legado de nuestra especie. Es imperante cambiar esta realidad, la filosofía es el hilo de supervivencia del hommo sapiens, del humano sabio. La condena aún no es perpetua, pero si las generaciones actuales no reclaman por liberarse de la ignorancia, la vida detrás de los barrotes de la estupidez nos espera.

 

Por Bernardo Gortaire

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