febrero 19, 2026
Andrea PalmaOpiniónPortada

El castigo de Agamenón

La historia de la humanidad se cuenta en guerras y batallas. Algunas por territorios, otras tantas en nombre de los dioses. Miles de hombres han luchado por quedarse con hermosas mujeres míticas y otras guerras se escriben con petróleo en nombre de la libertad. Pero hay guerras cuyo origen es más frágil todavía, reyes capaces de todo por preservar sus hectáreas de orgullo. Ser opacados les resulta insoportable.

Dentro de su campamento, Agamenón, rey de Micenas y líder del ejército, ha decidido abandonar la razón. Representa al poder formal, pero su política es tan desproporcionada que humilla a todo aquel que intente desafiar su autoridad. La soberbia e injusticia de Agamenón están lastimando a su propio pueblo. Sus hombres se desangran en medio del conflicto y aun consciente de que su ego produce el sufrimiento de todos los griegos, su obsesión con asediar ciudades libres es más fuerte.

El poderoso rey ha confundido autoridad con posesión y ha convertido al honor ajeno en otro de sus botines. No le ha importado ofender a otros guerreros y reyes, desafiando los más estrictos protocolos de la ley. Ha decidido lastimar al príncipe de Ftía porque no conoce otra estrategia que no sea el despojo por sobre el diálogo.

Nadie resulta intacto en una guerra, el sufrimiento es colectivo y el mensaje estructural. En su intento por reafirmar su autoridad, Agamenón acribilla su propia imagen, pierde credibilidad, gana el repudio de sus propios soldados. Y mientras la guerra se agudiza en interminables batallas, el rey opta por seguir sometiendo en nombre del liderazgo. Confunde una y otra vez, justicia con horror.

Mientras tanto, los griegos empiezan a grabar en piedra las epopeyas que nacen de esta política sin norte. Han aprendido que las ciudades arden cuando llegan los invasores, pero nunca como cuando brotan disputas internas. Escriben poemas sobre la arrogancia y los dramas de personajes secundarios que jamás han tocado una espada, pero son nombrados comandantes en altas horas de la madrugada, solo para satisfacer las irracionales órdenes del rey.

Pero la historia es implacable, siempre paciente con el paso del tiempo y ubica a cada personaje en la página correcta, incluso por encima de lo que se declara públicamente, incluso frente al telón que esconde las fracturas. La historia no recuerda con simpatía a quienes no dejaron que alguien brille sin su permiso.

Por: Andrea Belén Palma

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