abril 27, 2026
ActualidadPortadaSebastián Vera

El funeral perpetuo

A Julio Ramón Ribeyro por la tentación del fracaso

Me contaba mi madre que tiene un amigo que no ve hace tiempo porque se pasa recorriendo funerales cada día. De llamarlo o contactarse con él, generalmente este le responde que se encuentra en el velorio de un tío, de un amigo o de una amistad cercana o lejana. Me dice, levemente tétrica, que lo han contratado como llorona.

Creería que, de pagarle, no sería un mal trabajo. Algo de agua (que por fortuna aún se puede acceder), un pañuelo para evitar los restos de papel que pueden quedar en el rostro al sonarse la nariz, y gafas oscuras. Para un trabajo, elementos sencillos y nada costosos. Un trabajo honesto. Además, según mi madre, es algo que disfruta hacer.

Como el amigo de mi madre, nosotros, en cada día que transcurre, nos enfrentamos a varios funerales; pero el cadáver que visitamos, sin ofrendas, quizás velado en condiciones abyectas, con velas retorcidas, oraciones quisquillosas e hipócritas y donde Cristo no puede ver sino con repudio y pena ese magullado e inflado cuerpo, se repite. Con heridas distintas, máscaras diferentes, ropas que se deshilachan junto al hedor agobiante de la putrefacción, sería preferible convertirlo en momia. Para no confundirse, en la tapa del féretro, se coloca un espejo y el nombre del muerto para no olvidar a quién se rememora. Se lee: Ecuador.

Cada día la Muerte se detiene, de soslayo, recogiendo las palabras de los mudos como limosna, enfundando en los bolsillos huecos sus esperanzas, y seria, cansada de ser una invitada recurrente, se sienta en primera fila, callada. Ha optado por solo vestir de manera sencilla para no opacar a los futuros miembros de su club social -el más grande de la historia de la humanidad- quienes en su pomposidad egoísta, siempre están presentes, lo cual le parece raro porque solo en raras ocasiones ha presenciado a los asesinos en el funeral de su víctima. 

A ellos les debe un trabajo laborioso, algo que ya la tiene harta, agotada y al borde del suicidio y la locura. Gracias a su silencio, puede recorrer entre los murmullos de los deudos, los chismes cargados de estupidez y el velo fino de una extraña confianza de no importarles nada, ni nadie. Su presencia etérea le permite recorrer cada conversación, disfrazada de diplomacia algunas y otras, vulgares, pretenciosas y llanamente imbéciles. Si hay algo que le estorba, le enfurece y le enerva, es escuchar tantas mentiras. Quisiera decirle al Tiempo que acelere su declive, así como lo hacen ellos con otros prójimos a través de tratos bastardos y acuerdos corruptos, pero su respuesta es siempre la misma: Tempus fugit.

Ella reconoce muy bien a la cohorte de fratricidas que siempre acompañan al Ecuador: Daniel Noboa y su esposa Lavinia, influencers de la negligencia; su vicepresidenta, María José Pinto, ama de lo farsesco; sus ministros, esbirros grotescos; asambleístas de gobierno, lampreas y vampiros; y sus sempiternos lamebotas, mozos de las heces. 

La Muerte solo puede observar aquella escena esperpéntica y chocante. Al levantarse hacia la recurrente mesa de café, galletas y mentas, nota que la cafetera está fría. Se sirve un vaso, bien cargado, con muchísima azúcar. Saborea el líquido, sonriendo. “Paciencia”, se dice.

Por Sebastián Vera