Putear es justo y necesario
Quienes entendemos y conocemos de hambre, desesperación, violencia, angustia y muerte, nada le debemos explicar a quienes día a día convierten nuestras existencias en su ensoñación de podredumbre, falsedad, ego y mierda.
Y digo ‘mierda‘, como cuando te cabreas, ‘chucha‘, cuando se te olvida algo, ‘hijueputa‘, cuando alguien te trata de la peor manera posible, o ‘careverga‘, a una persona que ya te colmó la paciencia. Reivindico mi derecho al insulto –especialmente al poder– porque, entre las poquísimas libertades que nos quedan, el derecho a putear a quienes nos hacen la vida de cuadritos –a quienes realmente les valemos verga– es lo único que nos salva de la locura y de la estupidez de su accionar pernicioso y vil.
Si se espantan con “malas palabras” y no con la densa realidad en la que vivimos, sus prioridades realmente son infantiles y rayan en la hipocresía.
Ojo: lo soez no quita la sensatez con la que se pueda argumentar algo verdadero, pero resulta que esta última parte –la verdad– es aquella que realmente molesta a quienes se pasan de sapos argumentando pendejadas para socavar el legítimo derecho de fiscalizar a figuras públicas que, bajo su fachada pituca y mentirosa, usan la carta de la “ofensa” de “la honra” (¿y cuando perjudican a todo el Pueblo ecuatoriano recordarán esa palabra?), como forma de deslegitimar las investigaciones de decenas de colegas en el periodismo que buscan demostrar lo que verdaderamente es este gobierno: una cloaca de ratas y sanguijuelas, vampiros despreciables, ladrones instagrameables.
Y si yo, desde mis redes sociales, preocupado e indignado por la situación del país, por el maldito desempleo, por las violencias, por los múltiples casos de corrupción a los cuales el gobierno prefiere esconderse antes que dar la cara a la ciudadanía y por las incontables mentiras con las que sostienen su discurso perverso y putrefacto, se me ocurre putearlos, mandarlos al carajo…¿también utilizarán todas las instituciones que han sucumbido ante su malicia para enjuiciarme, para allanar mi casa, para meterme preso… para pedir disculpas por decir la verdad sin filtros que dañen sus corrompidos espíritus y sus oídos sordos a las necesidades del país?
Nombraré únicamente tres casos que jamás rivalizarán con respuestas como “Qué horror” o “Qué barbaridad” sino con expresiones del tipo “Qué caretucos, mamarrachos, cínicos”:
- Solo a Noboa se le ocurre decir en Panamá, en otro de sus viajes turísticos –porque de diplomáticos no tienen absolutamente nada– que él y sus funcionarios han “arreglado” el país.
- Haber socializado con periodistas reformas para censurar y coartar la libertad de expresión. Al menos el CAL en la Asamblea Nacional no dio paso a la propuesta inconsecuente de la joven asambleísta Camila León para reformar el artículo 395 del COIP.
- Indignarse de la manera más estúpida, como si de un latifundio se tratara, porque en una unidad de salud no hay suministros ni atención adecuada….¡por las mismas acciones que desde el gobierno deberían tomar para mejorar la situación de las personas que acceden a servicios paupérrimos y deplorables en materia de salud!
Sí, todos merecemos respeto, pero este se gana, no se lo compra: se lo demuestra con acciones. No digo que todos los periodistas tengamos que convertirnos en Pancho Jaime, George Carlin o Lenny Bruce (quienes, a su manera muy particular, supieron desnudar la hipocresía de sus sociedades y gobiernos combatiendo desde el humor crudo) pero de vez en cuando, especialmente cuando la mentira gubernamental es insostenible, estúpida, viciada, estamos en todo nuestro derecho de decir: “Chuchetumadre, que estos giles son una sarta de pendejos… y es nuestra culpa vernos tan mal representados por huevones, pelagatos e imbéciles”.
Está científicamente comprobado: putear es bueno, justo y necesario. Nos lleva a la catarsis y nos permite lidiar con el dolor. Y actualmente, en el Ecuador de Noboa, donde las mentiras, la estupidez y el despilfarro de dinero están a la orden del día, putear es resistir. Putee con confianza.
Por Sebastián Vera

