mayo 25, 2024
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Sol, arena, mar y paranoia

Planear unas vacaciones por las playas de Ecuador fue una travesía desde el inicio porque reunir a mi familia es como reunir a la selección de fútbol, pero sin el presupuesto millonario. La vida nos llevó a residir en distintas ciudades, así que alinear nuestros días libres para estar juntos fue la parte más difícil o, al menos, eso pensaba. Reservé el hospedaje sin mayores dificultades. La oferta es muy variada y accesible, pero luego me enfrenté a todas esas noticias sobre asaltos y robos en las vías, bandas delictivas apoderadas de cada minúsculo rincón, catorce provincias con emergencias viales, sicariato en una iglesia, víctimas colaterales. ¿Es posible hacer turismo en estas condiciones?

«Hemos dejado de disfrutar la vida por temor a la delincuencia», dijo uno de mis colegas cuando le contaba sobre estos miedos recurrentes. Y es una reflexión interesante. ¿Es justo vivir encerrados? Casi todas las opiniones en mi círculo tenían el mismo tono: «¡Estás loca!, ¿cómo vas a viajar en este contexto?», «lo mejor es no salir», «no hay que dar ‘papaya’», etc. Al final del día, ganaron aquellos recuerdos de absoluta plenitud, de atardeceres infinitos, mi madre y hermanos sentados en la orilla del mar… Deseaba revivir esos dulces momentos antes de que mi familia se separara todavía más gracias a la única política exitosa del actual gobierno: la migración forzosa. Así que emprendimos nuestros viajes respectivamente, el punto de encuentro: Las Núñez, Santa Elena. 

Acordamos no detenernos en la carretera, salir con el tanque lleno de gasolina, no pasar por el bypass de Quevedo -debido a un video viral en el que unos asaltantes lanzan obstáculos en la vía-, no bajarnos a comer en el trayecto, no bajar las ventanas del auto y otra decena de reglas más para autoengañarnos. Los familiares que viajaron desde Quito enfrentaron el reto más grande, el de cruzar dos regiones en un tiempo prudente para que no los alcanzara la noche. En ese intento se encontraron con decenas de deslaves, asfalto hecho trizas, barrancos amenazantes, escuetos letreros de «precaución» y unas vallas descoloridas de obras que Lenin Moreno nunca hizo. Y yo, que salía desde Guayaquil, no tuve una experiencia menos estresante, considerando la cantidad de autos con vidrios polarizados que conocí de cerca y que curiosamente no le temen a las multas por exceso de velocidad.

Las horas en la carretera fueron extrañas y melancólicas. Con viejas canciones de fondo, presencié el abandono de un hermoso país en el que hacer turismo se convirtió en un deporte extremo. Conforme me acercaba a mi destino me percaté de encantadoras playas convertidas en vertederos de basura y aguas servidas, entonces entendí que la violencia no era el único monstruo que acechaba y que para los santaelenenses, la inseguridad es solo la punta de un iceberg que esconde casi una década de contaminación extrema, el colapso del alcantarillado, tuberías ilegales y un olor nauseabundo casi normalizado.

Cuando mi familia se reunió finalmente, la alegría de vernos dejó atrás todo cansancio físico y mental. Nuestras vacaciones ocurrieron con normalidad, si es que así le podemos llamar a esa sensación de alerta máxima. De saber que no estamos seguros en ningún lado, de entrar a un restaurante y buscar una mesa en la que estemos menos expuestos, de salir con el dinero justo y bien escondido, de no sacar el celular, regresar temprano a nuestro hotel, etc. Por momentos pensaba que estaba exagerando, pero conversar con los lugareños justificó mis temores. Ellos también han cambiado sus rutinas: cierran temprano sus restaurantes, otros cierran para siempre debido a la extorsión y otros queman palo santo para espantar a los mosquitos y maquillar un poco el olor a cloaca que se siente por doquier. 

El viaje de retorno no estuvo exento de reflexiones. Despedirse de las personas que uno ama es de por sí difícil, pero a ese peso tuve que sumarle el preocupante estado de la zona costera de Santa Elena, una provincia con apenas quince años de creación y que ya contabiliza centenas de muertes violentas desde 2022. La situación es tan grave, que mientras escribía este pequeño texto, otra masacre se daba lugar en Montañita. La noche del 20 de mayo de 2023, un ataque armado contra un restaurante cobró la vida de seis personas y otras seis resultaron heridas. En el lugar se encontraban niños, pero en este pedazo de tierra ya no existen los escrúpulos. Las autoridades, por su parte, no saben qué argumentar. Se han limitado a contar los muertos.

En definitiva, viajar por Ecuador implica un riesgo enorme y un esfuerzo emocional, pero no puedo arrepentirme de ello. No existe otra forma de palpar la realidad de los seres humanos que habitan en el olvido. Seres humanos que lloran a sus hijos todo el tiempo, que nunca saldrán en la portada de ninguna revista de viajes porque sus rostros expresan un dolor que el Estado ecuatoriano no está dispuesto a reconocer. Los viajeros decimos adiós, pero ellos se quedan ahí, resisten cada día, rodeados de incertidumbre, siempre a la espera de políticas públicas.

Por: Andrea Palma – @andreapalmaec

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